Entrevista a William Davis

 

Sigmund Freud opinaba que el ingenio humorístico no es más que un mecanismo de defensa frente a determinadas situaciones que plantea la vida moderna. Actualmente, otros especialistas consideran que existe una correlación entre la creciente complejidad de la vida del hombre en la sociedad industrial–y las dificultades con que se desarrolla la vida cotidiana– y el despliegue de un humor ácido, sarcástico, punzante. Sea como fuere, el hecho es que el humor constituye una forma de afrontar determinados problemas cotidianos, un mecanismo psíquico que en unas ocasiones denota irritación y agresividad y en otras actitud defensiva, aunque a veces puede reducirse a un simple pasatiempo.

Acerca del tema del humorismo, iniciamos nuestra entrevista con el periodista William Davis, director de la revista británica Punch, una de las publicaciones más agudas e ingeniosas de nuestra época.

¿Cómo definiría el humorismo?

Es algo más fácil de entender que de definir. En su raíz, supongo que su propósito es justificar al "yo" provocando u observando la degradación de los demás. Naturalmente es más fácil reírse de los demás que de uno mismo. Podría decirse que el humor es la sensación que hace que te rías de aquello que te irritaría si te sucediera a ti. Pero hay formas muy distintas de humor. Algunas se difunden bien: los chistes sobre suegras surgen, por ejemplo, en todo el mundo, y las payasadas se aprecian en todas partes. Otras sólo se entienden en un ámbito local, por depender de un conocimiento cercano de figuras públicas, de características nacionales o de un determinado modo de vida. E1 humor es la capacidad de reconocer lo que es pretensión, pomposidad, absurdo, pero también puede ser algo muy cruel: massacres, mutilaciones, tormentos y torturas han sido considerados en varias ocasiones objeto humorístico.

La existencia de un humorismo político en el sentido de critica a la gestión política es un hecho. ¿Cree que en alguna ocasión la critica humorística puede influir sobre la política?

Desde luego que si. El humor puede derrocar a políticos o al menos reducir su prestigio poniéndoles en ridículo. También puede evidenciar el carácter hipócrita de ciertos argumentos, y por ello más de un Gobierno teme a la critica humorística. Winston Churchill era un maestro en el arte de atacar a sus adversarios burlándose de ellos y en poner fin a una situación tensa con una observación divertida. Una vez, un miembro de su mismo partido atravesó la sala de la Cámara de los Comunes para sentarse en 1os escaños del partido de la oposición. Era un gesto airado de protesta y podría haber causado su efecto si Churchill no se hubiera levantado gruñendo: "Esta es la primera vez, caballero, que veo un ratón nadar en dirección al barco que se hunde". Harold McMillan, otro primer ministro británico, también sabía desacreditar a los demás. Nikita Kruschov se sacó el zapato en aquella famosa asamblea de las Naciones Unidas y empezó a golpear con él sobre la mesa, McMillan observó muy reposadamente: "Me gustaría que me lo tradujesen". Los delegados soltaron la carcajada, y parte del significado que pudiera haber tenido la acción del dirigente soviético pasó a segundo plano. El presidente de Estados Unidos John F. Kennedy poseía un ingenio espontáneo, con el que a menudo cortaba la retórica del adversario.

Las revistas humorísticas como Punch siempre se han ocupado de lo político, porque el humorismo, usado correctamente, es un arma más poderosa que la ira. Estoy hablando, claro está, de esa rama del humorismo que es la sátira, que no tiene por qué ser precisamente graciosa, en el sentido que lo es un chiste de comedia. La práctica tan común de conectar el humorismo a la risa no solamente es irritante, sino, además, absolutamente errónea. Jonathan Swift, uno de 1os mayores satíricos británicos, era u hombre que rara vez reía. Tenía, según afirma Samuel Johnson, "un semblante agrio y severo", que casi nunca se correlacionaba con un aspecto animado; "La simple diversión decía, es la felicidad de 1os que no pueden pensar". George OrweU también ha sido otro escritor que utilizaba la sátira con efecto fatalista: resulta difícil pensar en obras satíricas más devastadoras que 1984 ó Animal Farm.

¿En qué se diferenciaría el humor británico de otros, como el español y el francés, por ejemplo?

No creo que el humorismo pueda clasificarse por compartimentos nacionales. Es algo muy personal. Podemos incluso encontrar notables variaciones regionales dentro de un país concreto: a 1os italianos de la península les gusta hacer chistes sobre los sicilianos (y viceversa); a las gentes del sur de Francia les encanta contar chistes de los parisienses, y por experiencia propia sé que los habitantes de Georgia, en la Unión Soviética, inventan infinidad de chistes sobre Moscú. Uno se atrevería a decir que 1os británicos son aficionados a la modestia, de lo cual se encuentran muchos ejemplos en la literatura del país. Pero la popularidad de ciertos programas de televisión permite sugerir que, como pueblo, sentimos más afición que nadie por el humor vulgar y poco sutil.

Siempre habrá unas áreas que son terreno común. El amor, por ejemplo, ha producido más chistes que cualquier otro tema. Los franceses y 1os italianos parecen encontrar su mejor motivo de diversión en un tema particular: las esposas infieles. A los británicos–por alguna razón será– les gusta haces chistes sobre la "luna de miel". En una ocasión Sigmund Freud sostenía que contar chistes eróticos equivalía a una tentativa de seducción. Opinaba que, originariamente, las historietas de ese tipo iban dirigidas a mujeres más que a hombres, siendo su finalidad la de excitarlas. Realmente es más fácil, incluso ahora, contar un chiste atrevido en compañía de francesas que en una cena británica. Por desgracia, la sofisticación es, comparativamente, poco común: la mayoría de 1os chistes pretendidamente eróticos (en Japón se les llama chistes "rosas") son increíblemente groseros. Los alemanes, por su parte, parecen tener especial afición a un tipo de chistes que no dejan resquicio alguno a la imaginación.

En Punch, nuestros artículos más afortunados han sido 1os que se basaban en la observación de hechos reales. Malcolm Muggeridge, uno de mis predecesores en la tarea de dirección editorial, solía decir que el mundo está tan saturado de absurdo que al humorista le resulta difícil competir. Estoy de acuerdo con lo de la saturación, pero, ¿qué necesidad hay de competir?, ¿por qué no anotar lo que sucede? Con la experiencia de 1os veinte años que llevo trabajando en el periodismo, antes de entrar en Punch, creo firmemente que hay que dejar hablar a las cosas por sí mismas. Exagerar un poco es bueno a veces, pero lo importante es extraer el humor básicamente de la comedia cotidiana que nos rodea.

¿En qué época puede situarse el nacimiento de la caricatura como instrumento del humorismo?

Cuando los hombres de las cavernas empezaron a dibujar por primera vez aquellas toscas representaciones de animales y gente. Nos encontramos con caricaturas en las tumbas egipcias de Luxor y en las ruinas de algunas casas romanas de Pompeya. Ciertamente, el dibujo humorístico no es ningún invento moderno.

A 1os caricaturistas actuales les gusta citar como anécdota la reacción que tuvo un político neoyorquino llamado Tweed cuando, en 1870, un miembro de su comunidad montó una implacable campaña de gráficos contra él. "No me importa lo que se escriba de mí –dijo–. La mayoría de mis electores tampoco saben leer. !Pero esos condenados dibujos!" No cabe duda de que "esos condenados dibujos" justamente han causado daño a muchos políticos. Permanecen grabados en la mente más tiempo que las palabras. Es frecuente argüir que el dibujo de humor político, como otras cosas, no es ya lo que era. Normalmente se hacen comparaciones con Gillray, Hogarth y Cruikshank –artistas cuya virulenta sátira se basaba a menudo en una profunda aversión hacia sus víctimas–, los cuales impresionan a(m hoy, aparte de que su arte como dibujantes era en general magnifico. En Gran Bretaña se dice que dibujantes como Ralph Steadman y Gerald Scarfe son 1os sucesores naturales de Gillray y Cruikshank. Sin embargo, no podemos olvidar que acaso las causas no sean hoy tan obvias como lo fueran entonces, dado que hay menos pobreza e injusticia. O es posible que, a diferencia de sus predecesores, los dibujantes de ahora han de competir con la televisión, la radio, el cine y la fotografía sofisticada. Los horrores de la guerra, el hambre y la muerte son llevados a 1os hogares cada noche. Por ello, ya no es suficiente dibujar ciudades devastadas y niños hambrientos; el dibujante ha de añadir un comentario adicional, una dimensión más. Todos estamos en contra de la guerra y el hambre, incluso 108 generales del Pentágono, y no necesitamos dibujantes que nos lo hagan comprender.

Muchos políticos aseguran no inmutarse ni afectarse por la labor de 1os dibujantes y caricaturistas. La experiencia más desconcertante para un dibujante sea acaso haberse encontrado con que la víctima de un ataque devastador le pida el original, e incluso que pague por él, cuando se supone que en tales casos uno ha de acudir a toda prisa al abogado en vez de blandir el talonario de cheques. Por desgracia, cosas así suceden con más frecuencia de lo que pueda pensarse. Son tiempos en que ni un dibujante político puede triunfar.

Mark Twain dijo una vez que "el secreto de la risa no es la alegría, sino la tristeza". ¿Está usted de acuerdo?

Absolutamente. En ocasiones el humor más sutil ha provenido de las minorías oprimidas, que se han valido de él para hacer más soportables sus pobres vidas. La gente que sufre o que ha sufrido suele tener un mayor talento para reírse de si misma y de lo que le rodea. El humor es como un antídoto.

El humor judío es precisamente famoso por su benévola comprensión de lo que el hombre tiene de absurdo. Hay mucha perspectiva y gracia en la historia del pobre judío que alzaba sus brazos al cielo exclamando: "Señor, tú que ayudas a tantos extraños, ¿por qué no a mi?" El humor negro, en gran parte, entra dentro de esta categoría. Cuando visité por segunda vez la Unión Soviética, hace unos años, me quedé impresionado por 1os muchos chistes que circulan contra el régimen político. Recuerdo, por ejemplo, que el Kremlin estaba llevando a cabo una campaña contra las propinas, a las que consideraba "un insulto a la dignidad del trabajador". Durante unas semanas hubo gente en Moscú que iba diciendo: "¿Puedo insultarle?", y advirtiendo a 1os turistas que "cualquier humillación monetaria seria bien recibida".

¿Cree que el humorismo es un factor importante para el progreso social, en tanto que instrumento de crítica?

Ciertamente lo puede ser, si hace que la gente se entere de los defectos de la sociedad a la que pertenece. Pero para asegurar resultados tiene que estar basado en algo más que en simples vulgaridades. Uno debe cumplir con su deber. Cuando mejor opera la sátira es cuando se basa en la verdad.

El humorismo puede acabar con los prejuicios y desenmascarar la autosuficiencia, pero tiene muchos otros usos. Ya he mencionado alguno- de los chistes que oí en Moscú. Me recordaban mucho el humor clandestino de la época de la guerra. Los chistes y las bromas de la Alemania nazi, por ejemplo, eran muy elaborados y, en general, de tono amargo. Ciertamente no conseguirían un lugar en el repertorio de chistes de los comediantes más aplaudidos hoy en televisión, pero no se pretendía que fueran precisamente graciosos: eran expresiones de desafío. A este mismo nivel se encuentra también el tipo de chistes que se oyen hoy en Israel. Son muy diferentes del humor judío tradicional: agresivos y fanfarrones, y no defensivos, cálidos o autodesaprobantes. El humor israelí se usa para reforzar la moral de la población y desmoralizar al enemigo. Algo parecido sucedía en Gran Bretaña durante la 1I Guerra Mundial.

El Gobierno tenía um departamento de "guerra psicológica" que, entre otras cosas, inventaba chistes sobre Hitler y 1os soldados alemanes. No hace mucho, sugerí a um antiguo oficial de la CIA, en Washington, que deberían desechar su sistema convencional de espionaje I y remplazarlo por um "departamento de chistes", dedicando el tiempo a inventar este tipo de anécdotas tan populares en 1os países satélites de la Unión Soviética, y enviar a sus agentes para difundirlos. La policía estaría tan ocupada en la búsqueda de máquinas de fotografiar y aparatos de radio (radiorreceptores), que el arma real –un libro de chistes– pasarla inadvertida. Por desgracia, la CIA no tuvo el buen acuerdo de actuar según mis sugerencias. Este es el problema de 1os estadounidenses: no se toman en serio su humor.

¿Cua1es han sido, en su opinión, los humoristas más destacados en la historia de la humanidad?

Es difícil de contestar. En una reciente visita a Japón di por primera vez con un maravilloso libro de humor oriental, y quedé encantado por el ingenio y la perspicacia de los chinos, cuyo humorismo se remonta muchos siglos atrás. Estoy seguro de que um sinnúmero de esos humoristas no tienen la reputación internacional que merecen por dificultades del idioma. Cuando era un muchacho fui durante un tiempo a la escuela en Alemania y me aficioné a escritores como Wilhelm Busch y Eric Kaestner, apenas conocidos fuera de sus fronteras. También he encontrado en la India excelentes obras humorísticas. Hay que reconocer que cualquier clasificación de humoristas sería el resultado de un criterio muy subjetivo. Entre los autores de lengua ingles?, obviamente debemos mencionar a los satíricos Swift y Orwell, mientras que escritores como Bernard Shaw, Oscar Wilde y Chesterton han sido justamente famosos por s ingenio. A Mark Twain lo debemos tener también en muy buen concepto, y hay motivos para afirmar que el mayor humorista de todos 1os tiempos ha sido William Shakespeare.

¿El humorismo es un privilegio de las élites ilustradas y las clases dominantes?

Claro que no. Es verdad que mucho humor del que encontramos en obras literarias es leído por lo que se denomina una "élite", y que muchos de 1os chistes que solían verse en revistas como Punch hace cincuenta o sesenta años estaban dirigidos hacia la ignorancia de las clases trabajadoras. Pero la clase obrera británica tiene un sentido del humor muy desarrollado y con mis viajes me he convencido de que otro tanto sucede en diversos países. Por experiencia sé que las clases trabajadoras entienden y aprecian el humor mucho más que los que gustan llamarse a si mismos "clase media". La gente de la clase media, especialmente en países como estados Unidos, quiere humoristas que la diviertan y tranquilicen, y que no le hagan tomar parte en la gran fábrica que es la sociedad. Quieren reírse de 1os demás, no de si mismos, y suelen irritarse si uno intenta tomarse a broma las cosas en las que ellos creen. Esto sucede en la sociedad estadounidense.

¿Humorismo y tradición son dos elementos contrapuestos?

El humorista se burla de la tradición, de modo que la respuesta a su pregunta supongo que ha de ser si. Para nosotros, la familia real y la Cámara de los Lores han sido durante años un blanco habitual y fácil. Pero ya supongo que se me dirá que, en def1nitiva, esto constituye una tradición.

¿Cuáles son los sistemas políticos que suelen ser más adversos al desarrollo del sentido del humor?

En todo país se acepta que hay un humor esencial para sobrevivir, y realmente nadie se opone a los inofensivos chistes sobre suegras o maridos celosos. Pero no cabe duda de que en los países comunistas, y en cualquier régimen dictatorial, por lo general, se recela del humor político. Saben que su sistema tiende a provocar actitudes a menudo contradictorias y absurdas, y se dan cuenta de lo efectivo que puede ser el humorismo a la hora de delatar esto. La capacidad y la buena voluntad para tolerar el humorismo es una señal de conf1anza en si mismo, y las naciones que tienen confianza en su sistema siempre son más tolerantes que las que no tienen esta conf1anza.

Un hombre que supo entender muy bien el poder del humorismo fue el presidente Gamal Abdel Nasser, de Egipto. En El Cairo, poco después de su muerte, me contaba uno de sus colaboradores que aquél había contratado a un individuo cuyo trabajo, a plena dedicación, consistía en informarle de los últimos chistes sobre su gobierno. Nasser consideraba que sabiendo de qué se reía la gente podía conocer sus puntos vulnerables. Y estoy seguro de que tenía razón.

(AAVV, El Humorismo, Salvat, Barcelona, 1973, p. 8-17; 82-89)

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