Humor, comicidad, risa

Resulta evidente que las palabras humor y humorismo, nuevas a partir del siglo pasado, sirven para descubrir algo que ya existía anteriormente, aunque ahora responden a un nuevo matiz del espíritu humano. La comicidad, el chiste y la alegría no fueron nunca un ejercicio espiritual, casi siempre disciplinado, como lo es el humor.

Es muy difícil concretar el humor en una definición. El humorista español Wencesleo Fernández Florez, intento hacerlo en 1936. "El humorismo —dijo— es un estilo literario en el que se hermanan la gracia con la ironía y lo alegre con lo triste." La definición no es ni mucho menos perfecta, pero sí interesante, porque incluye referencias a un "estilo", a un "género literario" de ejercicio creador muy concreto.

La comicidad es algo muy anterior. Sobre el estudio de la psicología y la técnica de la comicidad —inmemorial, repetimos, al contrario del humor—, en 1948, Élie Auborim escribió en su obra Technique et psychologie du comique (Técnica y psicología del cómico): "Lo cómico es un juego que consiste en reunir los objetos, las ideas y las impresiones por más irreconciliables que puedan ser. Esa unión se efectúa por medio de una presentación, mecanismo o razonamiento ingeniosos. Uno de esos mecanismos seria, por ejemplo, el juego de palabras en el que una de ellas puede tener dos significaciones diferentes. Lo cómico se produce porque el razonamiento es a la vez lógico y absurdo; la observación hecha por el autor parece ilógica a la razón. Sin embargo, el pensamiento del oyente, o lector, ha sido llevado por un camino familiar. La presencia de dos elementos unidos bajo una misma apariencia o el doble aspecto de un solo elemento —palabra, imagen, gesto...—, se presta a una doble interpretación, a un doble razonamiento o juicio, y producen en nuestro espíritu una doble impresión: de 1ógica y de absurdo. Esos dos aspectos de la materia cómica y las dos impresiones que de ella recibimos deben ser irreconciliables, y cuanto más dispares sean entre si, mayor será la comicidad de la situación. La sorpresa es el resultado de aceptar simultáneamente los dos aspectos irreconciliables de la situación." Me excuso por la cita, excesivamente larga quizá, pero importante, porque intenta explicar el mecanismo de la comicidad, el origen de la risa.

Sobre la risa, la cantidad de literatura definitoria y especulativa existente no es menor. El más importante de los tratados se debe a un concienzudo estudio de dos profesores alemanes, Theodor Lipps y Richard M. Werner, titulado Komik und Humor (Comicidad y Humor), publicado en 1898. Este libro —en muchos aspectos no superado aún—, a nuestro modo de ver, es más notable que d que sobre este tema escribiera otro clásico, el filósofo francés Henri Bergson cuya obra Le Rire (La Risa), desbordante de un ingenio sutil, no profundiza en el tema y, a pesar de su agudeza, dista de poseer d exhaustivo análisis del clásico de Lipps y Werner, que sirvió de punto de partida para la célebre obra de Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, titulada Der Witz und seine Beziehung zum Unbewussten (El chiste y su relación con lo inconsciente), obra esencia para comprender los mecanismos del humor y la comicidad. Sigmund Freud, que siendo estudiante aprendió d castellano sólo por el deseo de captar los matices de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, del escritor español Miguel de Cervantes —libro de profundo humor humanístico, escribió sobre el humor páginas que setenta años después son todavía reveladoras. Según Freud, el humor es "la manifestación más alta de los mecanismos de adaptación del individuo".

Más tarde, en 1928, el mismo Freud definió la función del humor de una manera más trascendente: "El humor no resigna, desafía. Implica no solamente el triunfo del Yo, sino el principio del placer, que halla en él el medio de afirmarse, a pesar de las desfavorables realidades exteriores.'' Así queda definido el humor moderno, usado deliberadamente por el hombre occidental desde el siglo XVIII.

 

El humorismo antes de la invención de esta palabra.

La comicidad es tan antigua como la alegría, es decir, como el hombre. Mil veces se ha dicho que el hombre es el único animal que ríe. La alegría existe en el fondo de las creencias y de las religiones del hombre civilizado. El cristianismo la ha alentado desde los primeros tiempos: "Os anuncio una gran alegría", tal es el inicio del mensaje evangélico de la Navidad y, según más de un teólogo, toda la religión es el esfuerzo por perpetuar esta profunda alegría. Tomás Moro, antes de morir (1535) decapitado por el verdugo a servicio del rey Enrique VIII de Inglaterra —hombre con un prodigioso sentido del humor—, escribió, con um humor muy británico, una oración para impetrar la alegría, y tres siglos más tarde, Gilbert K. Chesterton, teólogo a ratos, jovial siempre, afirmaba que "la alegría es el gran secreto del cristiano".

Pero la alegría teológica es una sublimación de la comicidad, un estado de espíritu de una pureza dedicada y profunda. En cambio, la comicidad es humana, terrestre, llena de defectos agresivos: la sátira, la ironía, la parodia, el sarcasmo, sirven para alcanzar un estado de espíritu alegre, para suscitar la risa física o la sonrisa intelectual, y ello desde los tiempos más remotos. Los comediógrafos Aristófanes y Plauto, griego el primero y latino el segundo, llevan a teatro la comicidad y la manejan con una fuerza de incalculables efectos. Aristófanes, parodiando al filósofo Sócrates, no só1o consigue que ría el público ateniense, sino que ría también el propio Sócrates, pero con una risa superior, amarga y suprema: el sentido del humor aparece así, por vez primera que sepamos, en la historia del espíritu humano. Un sentido del humor en un hombre que sabe que se está jugando la vida.

La comicidad se encuentra en la literatura clásica y en el mundo medieval, que jamás fue tan espeso y sombrío como en algún momento se nos quiso hacer crecer. Desde los clérigos goliardos a español Arcipreste de Hita y a inglés Geoffrey Chaucer, ambos del s. XIV, circula una vena oculta de sana alegría. En el Renacimiento, el conde Ba dassarre Castiglione, mantuano, que explica cómo ha de ser el hombre nuevo, pondera que "la risa es tan natural en nosotros que, para describir a un hombre, se suele decir que es un animal dispuesto a reírse; porque el reír solamente se ve en los hombres". En un libro tan renacentista como el Retrato de la lozana andaluza, del clérigo español Francisco Delicado, se escribe: "Si yo esto no lo platicase con alguno, no sería ni valdría nada si no lo celebrásemos al dios de la risa". Tres grandes clásicos, el francés Francois Rabelais, el ya citado Miguel de Cervantes, y el inglés William Shakespeare, crean tipos de una calidad humorística que supera la simple comicidad: "Pantagruel" y "Panurgo", "Don Quijote" y "Sancho Panza" y "Sir John Falstaff". En el capítulo de la comicidad, son creaciones por ejemplo, Don Quijote y John Falstaff.

Don Quijote es una figura enigmática con muchos tornasoles, pero, evidentemente, Cervantes quiere atraer al lector hacia su obra por el impacto fresco, radiante de su comicidad. Por lo menos así ocurre en su arranque, en los primeros capítulos más bien alegres y mañaneros. El personaje nadie ha de dudarlo, presenta luego infinitos contraluces. Así lo observa en un párrafo definitivo José Ortega y Gasset en sus tempranas Meditaciones del Quijote. "Seamos sinceros: el Quijote es un equívoco. Todos los ditirambos de la elocuen cia nacional no han servido para nada. Todas las rebuscas eruditas en torno a Cervantes no han aclarado ni un rincón del colosal equívoco. ¿Se burla Cervantes? ¿Y de qué se burla? De lejos, sola en la abierta llanada manchega, la larga figura de Don Quijote se encorva como un signo de interrogación: y es como un guardián del secreto español, del equívoco de la cultura española. ¿De qué se burla este pobre alcabalero desde d fondo de una cárcel? ¿Y qué cosa es burlarse ?"

Nadie sabe a ciencia cierta de qué se burla Cervantes, ni cuáles, de las mil causas sospechadas, le mueven a crear a su glorioso estafermo. Arturo Searano Plaja nos ofrece un Quijote; puro, nobilísimo y pueríl, que juega a ser Don Quijote: altísimo destino. Su personalidad sub specie ludi, que sabe hasta donde ha de ser cómico, triste o loco en su eterno y gustoso diálogo con Sancho y en sus mínimas—y también en sus descomunales— aventuras. Sea como fuere, el personaje discurre desembarazado y fecundo por toda la novela modenna, desde el escritor francés Gustave Fisubert, hasta el ruso Fedor M. Dostoyevski.

Sir John Falstaff es otro caso; no posee la pulpa humana del Don Quijote español, pero ello no le impide ser uno de los grandes personajes cómicos de la historia de la literatura, tratado con el sentido del humor shakesperiano. En él aparece un muy claro proceso cómico. Al robusto caballero le abruman defectos, vicios e indignidades; sería un personaje absolutamente aborrecible si la voluntad de Shakespeare no consiguiera sustituir el desprecio y la indignación del público espectador —no olvidemos que Falstaff, gracioso y reidor, que aparece en cuatro obras, fue el gran éxito cómico del teatro isabelino— y luego del lector, por el placer indudable que producen sus aventuras y sus palabras. Freud, en la obra antes mentada, escribe certeramente: "El humorismo peculiar en Sir Johm Falstaff surge realmente de la superioridad de un Yo a que al sus defectos físicos, ni sus lacras mora es consiguen robar la alegría y la seguridad en si mismo." Cabe añadir que este personaje se favorece también gracias a la inaudita felicidad de la palabra. Jamás Shakespeare fue tan verboso, alegre, imaginativo y lleno de mágica fecundidad como cuando hablaba con la voz tonante del viejo caballero indigno.

Bien sabido es que la palabra humor, en el siglo XVI quería significar símplemente idiosincrasia, temperamento, naturaleza, o manera de ser. Así se considera en la "retóricas renacentistas". Con este signi flcado aparece también en la obra de Shakespeare, a quien jamás se le ocurrió que Sir John Falstaff o el bufón Tonchstone fueran una creación humorística. Eran simplemente, personajes cómicos risibles. En el título de las comedias del amigo de Shakespeare, Ben Johnson, el vocablo inglés humour equivale todavía al estado de ánimo habitual de una persona. El significado conceptual de "comicidad" no aparece hasta fines del siglo XVII. Sin embargo en toda la época isabelina, en Inglaterra. en el lenguaje familiar humour significa chanzas, bufonadas, burlas, donaires y sobre todo, graciosas excentricidades. En el latín clásico, humor equivalía a húmedo, liquido, cosa fluida: humor bacchi (del dios del vino, Baco) en el poeta latino Virgilio, es una metáfora que usa para el vino. En el célebre verso Humor in genas labitur ("Las lágrimas resbalan por las mejillas"), humor equivale a lágrimas. La medicina medieval, siguiendo a Galeno distinguía diversos humores, que correspondían a cuatro temperamentos: el sanguíneo, el flemático, el bilioso y el melancólico. Estos, a su vez, correspondían a cuatro humores: la sangre, la flema, la bilis amarilla y la atrabilis o bilis negra. A través de la medicina, el humor se cuela de rondón en el lenguaje común.

La invención de la palabra humor en d sentido que hoy conocemos corresponde a Inglaterra. Incluso en Francia, país del esprit (espíritu) que es un concepto muy distinto se consideró siempre d humor como algo inglés. Así lo aseveran, por ejemplo, dos intelectuales tan anglófilos como Charles de Saint-Evremond y François Marie Arouet, conocido como Voltaire, en pleno siglo XVIII, y en consecuencia, escribieron a la inglesa humour. Cuando llega a Francia la época de la anglomanía, a finales del siglo de las luces y principios del siglo XIX, la característica del inglés es el humor y la excentricidad. Aún hoy, es considerado el inglés así, en un clisé irrevocable. Véanse las obras de Pierre Daninos o las novelas populares policiacas de u Charles Exbrayat.

(AAVV, El Humorismo, Salvat, Barcelona, 1973, p. 19-27)

ARRIBA